Wikipedia

Resultados de la búsqueda

domingo, 14 de septiembre de 2025

FORO: EL ESTADO DE BIENESTAR

 

ESTADO DE BIENESTAR: AYER Y HOY

 

El sistema de protección social moderno tiene sus orígenes en la Europa del siglo XIX. Otto von Bismarck y William Beveridge fueron los políticos que más contribuyeron a que las primeras medidas de protección social avanzaran hasta lo que hoy se conoce como estado de bienestar.

 Se denomina estado de bienestar al conjunto de acciones que realiza el Estado con el objetivo de asegurar el bienestar general de la población, y mejorar la distribución de la renta y la igualdad de oportunidades.

 Es decir, hace referencia a la intervención del Estado para la mejora de las condiciones socioeconómicas de los ciudadanos. Así, se incluyen, por ejemplo, las prestaciones al desempleo. las pensiones por jubilación o la gratuidad y universalidad de los servicios en materia de salud y educación. Todas estas políticas han contribuido a mejorar las condiciones de vida, la educación y la esperanza de vida de los ciudadanos.

 BISMARCK: EL ORIGEN DEL CONCEPTO

El sistema de protección social moderno se desarrolló en la Europa del siglo XIX. En concreto, fue el político alemán Otto von Bismarck quien sentó sus bases al crear un sistema de pensiones contributivo que obligaba a empresarios y trabajadores a financiar un sistema que salvaguardara el bienestar de la población en su vejez.

En la década de 1880, la clase obrera alemana participaba cada vez más en la vida política, defendiendo en las altas esferas las ideas propuestas por el filósofo Karl Marx. Con el objetivo de frenar la oleada de ideas revolucionarias, el entonces canciller Otto von  Bismarck propuso un conjunto de leyes que proporcionaban una seguridad básica a la población, a través de seguros en previsión de accidentes, enfermedad, invalidez o vejez. Así, empresas y trabajadores debían aportar recursos al Estado para que este los gestionara con el objetivo de responder a las necesidades de la población desfavorecida.

Entre 1883 y 1889, la legislación social de Bismarck puso en marcha tres medidas: el seguro de accidentes, la pensión por discapacidad y la pensión por jubilación a partir de los 70 años, cuando la esperanza media de vida al nacer apenas superaba los 40 años, frente a los más de 80 años de hoy en día. Con ellas, el canciller alemán sentó las bases del estado de bienestar.

 EL PLAN BEVERIDGE: LA PROPUESTA DEL REINO UNIDO

En la primera mitad del siglo XX, el Reino Unido instauró un nuevo modelo que constituía una alternativa a la propuesta alemana. Así, se creó un sistema eminentemente asistencial que buscaba proteger a aquellos ciudadanos que no recibían una renta.

En la década de los 40, el ministro de Trabajo, Ernest Bevin, encargó a Sir William Beveridge, miembro de la Facultad de Economía del Instituto Económico de Londres, la elaboración de un informe que analizara los sistemas de seguridad social existentes. Beveridge escribió entonces ‘Informe al Parlamento acerca de la seguridad social y de las prestaciones que de ella se derivan’, en el que defendía que todo ciudadano en edad de trabajar debía pagar unas tasas sociales para garantizar la existencia de prestaciones sociales en caso de enfermedad, desempleo, invalidez, jubilación, etc.

El informe de Beveridge sirvió como punto de partida para una reforma legal que comenzó en 1945 y que situó a la política social británica al frente de los sistemas de seguridad social, como uno de los más avanzados.

EL RESTO DE EUROPA: LA LLEGADA DEL ESTADO DE BIENESTAR

El resto de los  países de Europa se fueron acogiendo a los sistemas de protección social ideados en Alemania y Reino Unido. Hoy en día casi todos ellos han establecido sistemas similares, cuyo fundamento es el principio de contributividad. En él, empresas y trabajadores cotizan obligatoriamente para contribuir al sistema de la Seguridad Social.

A lo largo de los años se han ido introduciendo también prestaciones no contributivas dirigidas a los ciudadanos que no han contribuido lo suficiente para recibir prestaciones contributivas.

Y EN EL CASO CONCRETO DE ESPAÑA...

En España, pueden distinguirse cuatro momentos clave que han contribuido a la construcción del estado de bienestar tal y como se conoce actualmente. Primero, la Ley Dato del 1 de enero de 1900 reguló la protección en accidentes de trabajo, lo que catapultó la creación de otros seguros sociales que buscaban la protección individualizada en situaciones de necesidad.

Después, con la Ley de Bases de la Seguridad Social de 1963 se inició un periodo en el que los distintos seguros se unificaron para formar el sistema de la Seguridad Social. Con la aprobación de la Constitución de 1978, se mencionó por primera vez el principio de universalidad de la protección social. Finalmente, en 1990, se reconocieron las prestaciones no contributivas.

Así, en un proceso continuo con más de un siglo de historia se fue constituyendo el sistema español de la Seguridad Social.

Tomado de https://www.bbva.com/es/economia-y-finanzas/estado-bienestar-ayer-hoy/ , Lucía Gastón Lorente, Act. 24 jun 2025.

viernes, 18 de abril de 2025

Cuento: EL PRINCIPE LAPIO de Pedro Pablo Sacristán

 

EL PRÍNCIPE LAPIO

 

Había una vez un príncipe que era muy injusto. Aunque parecía un perfecto príncipe, guapo, valiente e inteligente, daba la impresión de que al príncipe Lapio nunca le hubieran explicado en qué consistía la justicia. Si dos personas llegaban discutiendo por algo para que él lo solucionara, le daba la razón a quien le pareciera más simpático, o a quien fuera más guapo, o a quien tuviera una espada más chula. Cansado de todo aquello, su padre el rey decidió llamar a un sabio para que le enseñara a ser justo.

 

- Llévatelo, mi sabio amigo -dijo el rey- y que no vuelva hasta que esté preparado para ser un rey justo.

 

El sabio entonces partió con el príncipe en barco, pero sufrieron un naufragio y acabaron los dos solos en una isla desierta, sin agua ni comida. Los primeros días, el príncipe Lapio, gran cazador, consiguió pescar algunos peces. Cuando el anciano sabio le pidió compartirlos, el joven se negó. Pero algunos días después, la pesca del príncipe empezó a escasear, mientras que el sabio conseguía cazar aves casi todos los días. Y al igual que había hecho el príncipe, no los compartió, e incluso empezó a acumularlos, mientras Lapio estaba cada vez más y más delgado, hasta que finalmente, suplicó y lloró al sabio para que compartiera con él la comida y le salvara de morir de hambre.

 

- Sólo los compartiré contigo-dijo el sabio- si me muestras qué lección has aprendido.

Y el príncipe Lapio, que había aprendido lo que el sabio le quería enseñar, dijo:

- La justicia consiste en compartir lo que tenemos entre todos por igual.

 

Entonces el sabio le felicitó y compartió su comida, y esa misma tarde, un barco les recogió de la isla. En su viaje de vuelta, pararon junto a una montaña, donde un hombre le reconoció como un príncipe, y le dijo.

- Soy Maxi, jefe de los maxiatos. Por favor, ayudadnos, pues tenemos un problema con nuestro pueblo vecino, los miniatos. Ambos compartimos la carne y las verduras, y siempre discutimos cómo repartirlas.

- Muy fácil, - respondió el príncipe Lapio- Contad cuantos sois en total y repartid la comida en porciones iguales. - dijo, haciendo uso de lo aprendido junto al sabio.

 

Cuando el príncipe dijo aquello se oyeron miles de gritos de júbilo procedentes de la montaña, al tiempo que apareció un grupo de hombres enfadadísimos, que liderados por el que había hecho la pregunta, se abalanzaron sobre el príncipe y le hicieron prisionero. El príncipe Lapio no entendía nada, hasta que le encerraron en una celda y le dijeron:

- Habéis intentado matar a nuestro pueblo. Si no resolvéis el problema mañana al amanecer, quedaréis encerrado para siempre.


Y es que resultaba que los Miniatos eran diminutos y numerosísimos, mientras que los Maxiatos eran enormes, pero muy pocos. Así que la solución que había propuesto el príncipe mataría de hambre a los Maxiatos, a quienes tocarían porciones diminutas.


El príncipe comprendió la situación, y pasó toda la noche pensando. A la mañana siguiente, cuando le preguntaron, dijo:
- No hagáis partes iguales; repartid la comida en función de lo que coma cada uno. Que todos den el mismo número de bocados, así comerán en función de su tamaño.

Tanto los maxiatos como los miniatos quedaron encantados con aquella solución, y tras hacer una gran fiesta y llenarles de oro y regalos, dejaron marchar al príncipe Lapio y al sabio. Mientras andaban, el príncipe comentó:


- He aprendido algo nuevo: no es justo dar lo mismo a todos; lo justo es repartir, pero teniendo en cuenta las diferentes necesidades de cada uno.

Y el sabio sonrió satisfecho. Cerca ya de llegar a palacio, pararon en una pequeña aldea. Un hombre de aspecto muy pobre les recibió y se encargó de atenderles en todo, mientras otro de aspecto igualmente pobre, llamaba la atención tirándose por el suelo para pedir limosna, y un tercero, con apariencia de ser muy rico, enviaba a dos de sus sirvientes para que les atendieran en lo que necesitaran.

 

Tan a gusto estuvo el príncipe allí, que al marchar decidió regalarles todo el oro que le habían entregado los agradecidos maxiatos. Al oírlo, corrieron junto al príncipe el hombre pobre, el mendigo alborotador y el rico, cada uno reclamando su parte.


- ¿cómo las repartirás? - preguntó el sabio - los tres son diferentes, y parece que de ellos quien más oro gasta es el hombre rico...

El príncipe dudó. Era claro lo que decía el sabio: el hombre rico tenía que mantener a sus sirvientes, era quien más oro gastaba, y quien mejor les había atendido. Pero el príncipe empezaba a desarrollar el sentido de la justicia, y había algo que le decía que su anterior conclusión sobre lo que era justo no era completa.

Finalmente, el príncipe tomó las monedas e hizo tres montones: uno muy grande, otro mediano, y el último más pequeño, y se los entregó por ese orden al hombre pobre, al rico, y al mendigo. Y despidiéndose, marchó con el sabio camino de palacio. Caminaron en silencio, y al acabar el viaje, junto a la puerta principal, el sabio preguntó:

- Dime, joven príncipe ¿qué es entonces para ti la justicia?

- Para mí, ser justo es repartir las cosas, teniendo en cuenta las necesidades, pero también los méritos de cada uno.

 

- ¿por eso le diste el montón más pequeño al mendigo alborotador? - preguntó el sabio satisfecho.

- Por eso fue. El montón grande se lo di al pobre hombre que tan bien nos sirvió: en él se daban a un mismo tiempo la necesidad y el mérito, pues siendo pobre se esforzó en tratarnos bien. El mediano fue para el hombre rico, puesto que, aunque nos atendió de maravilla, realmente no tenía gran necesidad. Y el pequeño fue para el mendigo alborotador porque no hizo nada digno de ser recompensado, pero por su gran necesidad, también era justo que tuviera algo para poder vivir. - terminó de explicar el príncipe.

 

- Creo que llegarás a ser un gran rey, príncipe Lapio concluyó el anciano sabio, dándole un abrazo.

Y no se equivocó. Desde aquel momento el príncipe se hizo famoso en todo el reino por su justicia y sabiduría, y todos celebraron su subida al trono algunos años después. Y así fue como el rey Lapio llegó a ser recordado como el mejor gobernante que nunca tuvo aquel reino.

AUTOR: Pedro Pablo Sacristán

 

Imperialismo Europeo en el Siglo XIX

Vista previa del vídeo 🤯 El IMPERIALISMO: FACTORES y CAUSAS del Imperialismo de YouTube Vista previa del vídeo 🤯 El IMPERIALISMO: FACTORES...